domingo, 24 de enero de 2010

Avatar


Un famoso profesor universitario visita un día la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de largos estudios. Luego le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen. Por toda respuesta el maestro le invita a sentarse y le ofrece una taza de té. Aparentemente distraído, el maestro vierte té en la taza del profesor, y continúa aún después de que la taza esté llena. El profesor le advierte al maestro que la taza ya está rebosante y el té se escurre por la mesa. El maestro le responde con tranquilidad: “Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?”

¿Qué tiene que ver ese cuento japonés con la película Avatar? Pues que también es un cuento, pero hecho en imágenes. Y qué cuento… Avatar (término sánscrito que significa ‘el que desciende’) es una utopía en la que están todos los elementos para que la película sea una obra de arte además de cine en su máxima expresión. Los efectos especiales son más que espectaculares. Sólo hay que ver las escenas de las montañas suspendidas en el aire para darnos cuenta de ello. Avatar, como todo buen cuento arquetípico, es una llamada de atención a nuestra conciencia dormida. Nos avisa de los males que se pueden generar en el mundo o en el universo por nuestras ansias de dominio, las consecuencias de nuestra inconsciencia y de nuestra ignorancia en la compresión de otras culturas y civilizaciones que no entendemos y, lo que es peor, que no queremos entender. Visto así, el argumento es de lo más enriquecedor y revelador, un argumento que escribió el propio director, James Cameron, en 1994 y quiso esperar diez años para empezar a materializarlo con todas las garantías, para que el resultado fuese el mejor posible y a fe que lo ha conseguido. Mereció la pena tanta espera.

En la película se habla del contacto entre dos civilizaciones, dos razas que se encuentran y se enfrentan. Y la alienígena es la humana porque quieren invadir e ingerir en la vida de Pandora, un planeta lluvioso y boscoso con increíbles formas de vida, algunas de ellas terroríficas, y someter a sus habitantes, los Na’vi, por las buenas o las malas. Sus habitantes humanoides son unos seres que miden 2,70 metros de altura, de piel azulada, con cuatro dedos en cada mano y provistos de una larga trenza terminada en conexiones nerviosas que les conectan son otros seres vivos del planeta. De costumbres pacíficas, viven en perfecta armonía con la naturaleza hasta el punto que cuando matan a un animal le piden perdón y le agradecen que su carne sirva para alimentarles. Unos habitantes, los del clan Omaticaya, que se saludan diciendo “te veo”, lo cual significa el reconocimiento y respeto por el ser que tienen delante. Entienden que la vida es un regalo y que la muerte es un viaje de regreso para integrarse con la divinidad donde depositan la energía que se les ha prestado durante unos años.

Son seres que están en conexión permanente con una naturaleza de la que saben que forman parte, sin tener más posesiones que sus arcos y sus flechas. Conocen la existencia de una gran red que une a todos los seres vivos, una matriz de energía que integra y sintoniza todo lo que existe y que es sostenida por su gran divinidad, Aywa, la Madre de todos los seres vivos, incluidos ellos mismos, que preserva la armonía de Pandora. Toda su vida y sus rituales giran alrededor de dos árboles importantes: El Árbol Madre donde viven los Omaticaya y el Árbol de las Almas, con sus semillas de luz parecidas a medusas, un árbol de ramaje translúcido con el que se pueden conectar y comunicar a la memoria colectiva de ese planeta y con las almas de los que ya han fallecido. Alrededor del Árbol de las Almas, todo un maravilloso sistema neuronal, es donde hacen sus rituales más sagrados recitando sus mantras y moviendo sus cuerpos rítmicamente como una danza de elfos al compás de la energía de la tierra.

James Cameron se acerca así a las tesis de Lovelock, según el cual existen pruebas que demuestran que toda la biosfera del planeta Tierra, hasta el último ser viviente que lo habita, puede ser considerada como un único organismo a escala planetaria en el que todas sus partes están tan relacionadas y son tan independientes como las células de nuestro cuerpo. Ese super-ser-colectivo merecía un nombre propio y lo llamó Gaia como podía llamarse Pandora.

La película hace alarde de un panteísmo místico donde todo está interconectado y eso lo saben los Na’vi, pero no así los humanos que se empeñan en hacerles la vida imposible y echarlos de allí, sencillamente porque quieren conseguir un mineral preciado para la Tierra, una Tierra que ya se ha quedado sin árboles y sin vegetación debido a esa depredación humana que no conoce límites. Visitan planetas lejanos de nuestro Sistema Solar para buscar no lugares alternativos para vivir sino para explotarlos económicamente con el fin de que vivan bien unos cuantos. Los Na’vi saben que la Gente del Cielo, así llaman a los humanos, sólo saben destruir, que son "tazas llenas" que consideran que lo saben todo, cuando en realidad no saben nada.

El fin justifica los medios y esa Gente del Cielo hará todo lo posible para echarlos de allí, sin desdeñar la diplomacia ni la amenaza militar ni la ingeniería genética, de ahí que construyan “avatares”, máquinas que son extensiones mecánicas y mortales de sus cuerpos controlados a distancia con sus mentes. Seres híbridos con ADN humano y navi para poder mezclarse con los indígenas en su propio ambiente y convencerles de que deben dejar esos hermosos lugares a cambio de promesas y bagatelas.

Sé perfectamente que esa parte espiritual y ecológica de la película, muy de la new age, servirá de pretexto a muchas personas para criticarla porque considerarán que son elementos manidos, previsibles y que en una superproducción de estas características sobra cualquier referencia al amor a la naturaleza y a las ñoñerías. Precisamente, eso es lo que refuerza un argumento que, de lo contrario, se quedaría en lo bélico e intrascendental. Mostrando la forma de pensar de los Na’vi, Camerón se adentra en el sentir de un Pueblo que participa en una guerra que nunca buscaron, una batalla por la supervivencia, una batalla auspiciada por mentes humanas egoístas que sólo ven en ellos a una raza primitiva, atrasada y arborícola cuando, en realidad, les dan mil vueltas en sabiduría, creencias y sentimientos.

Os recomiendo que vayáis a ver la película sin prejuicios, con la “taza vacía”, para rellenarla de sensaciones e imágenes, para verla y disfrutarla como lo haría un niño. Llevar una “mente vacía”, predispuesta a comprender desde la ignorancia y no desde nuestro previo conocimiento. Pocas vicisitudes y pocos avatares como éstos se ven en las pantallas comerciales y mucho menos en la vida cotidiana.

De esta manera, tal vez vibréis de emoción cuando oigáis a Jake Sully, el protagonista que en su forma de Avatar arenga al que ya considera su Pueblo ante la inminencia de la batalla final, con estas palabras: “La Gente del Cielo nos ha mandado un mensaje: que pueden coger lo que quieran, y nadie se lo impedirá. Pero nosotros les mandaremos otro mensaje, cabalgad tan rápido como os lleve el viento, pedid a los demás clanes que vengan, decidles que Toruk Magdo les convoca a todos, y ahora volad todos conmigo, hermanos, hermanas, demostremos a la Gente del Cielo que no pueden llevarse lo que les dé la gana, y que ésta es nuestra tierra”.

"Rondador Nocturno" del Portal La Rosa de los Vientos

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